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Cuidar para soñar

El Álvaro fue el vecino del pasaje que marcó mi infancia en la población. Él era más mayor, adolescente ya, aunque nunca supe su edad. La verdad es que no importaba. Para mí era como un hermano mayor a quien admiras.  Él me cuidaba cuando yo empecé a andar en bicicleta en la población, o cuando traté de jugar en la cancha con mi torpeza autista. El Álvaro también me enseñó cómo funcionaba esa maravilla de la tecnología moderna llamada control remoto. Con él aprendí a conversar y conocí la música que se escuchaba bajito entonces, pero que decía cosas que importaban. Por ello pedí de regalo de cumpleaños un cassette de Los Jaivas a los 7 años, y los muebles de mi casa fueron pianos, baterías y por ahí alguna escoba, el micrófono. Había algo muy conmovedor al escuchar esa música. Comencé a descubrir cómo los sonidos de los instrumentos contribuían a sentir cosas como cuando escuchaba “La Conquistada”. En eso descubrí que la rebeldía por el contexto asfixiante podía expresarse con la belleza de la armonía o con poesía. Entonces las metáforas no eran tan banales como ahora.

Recuerdo que, en un verano de memorias en sepia, me entero de la repentina muerte de la Sra. Corina, la dulce mamá de Álvaro. No recuerdo mucho, salvo la sensación de angustia al saber que ella se había ido y Álvaro andaba de vacaciones en el litoral prácticamente sin paradero conocido. De alguna forma lo ubicaron, le contaron, y volvió a llorarla a su casa. Recuerdo, apenas supe que mi amigo había llegado, haber corrido a la casa de don Jorge, el encantador vecino que siempre te daba la bienvenida a su casa, para ver a mi amigo, para… ¿acompañarlo? no lo sabía entonces, solo que sentía que debía estar ahí. 

De nuevo, digo que recuerdo poco. Más bien siento estos recuerdos. Mucha gente en la misma habitación. Alvaro llorando su pena de hombre sentado en un sillón. Sus manos tapaban con angustia el rostro mojado en lágrimas, pero no podía ocultar sus sollozos. Fue la primera vez que sentí una pena profunda por alguien más. No quería ver a mi amigo sufriendo, pero no sabía que hacer, y tampoco podía entender esa sensación de impotencia. Me senté cerca de él. En medio de esa escena, sin mirarme a la cara, entre su mojada pena, el Alvaro se dio cuenta que estaba ahí. Entre su chaqueta de jeans de mochilera aventura, él extrae una bolsa de papel y me la entrega. Sin saber lo que significaba, la abro, y, ahora lo sé, me inundó. En medio de su pena, el Álvaro me había entregado un regalo, un dulce de La Ligua que había comprado en su paseo veraniego. Entre la pena infinita de la pérdida, se dio tiempo para mostrarme, una vez más, lo que era la empatía y la solidaridad. Ahí aprendí que, cuando estamos con otros, la tristeza se lleva mejor. Ya sea por la pérdida que marca, o lo que dice una canción.

Si hay algo que se ha perdido desde entonces hasta ahora, sazonado con pobreza auto infringida, bototos nocturnos, bailes de caridad y futuros individuales, es el sentido de pertenencia. Vivíamos y sentíamos con otros. No era necesario desconfiar, ya que éramos de aquel lugar. Yo era (y hasta ahora lo soy) el Juanito, hijo de Don Juan. Y ahí, en la pobla con los camiones echando por error greda en lugar de maicillo para emparejar los pasajes, nos conocíamos. Nos cuidábamos. Eran tiempos de cuidado colectivo en oscuras noches de los ochenta. Todo era más precario, pero todo a la vez más simple. 

Enciendo la televisión para distraerme un rato. Aún tengo esa conducta heredada de mi padre. Pongo las noticias en el canal menos malo (como siempre). Entonces me llega el horror que se impone, se amplifica, se repite, y también se usa como cebo para carroñeros. 

Una profesora muere en el patio de un colegio. Víctima de una violencia que no habíamos visto, salvo en el breve tiempo del reporte internacional del noticiero. Y de pronto la escuela importa. Y nos damos cuenta de la violencia vicaria al que día a día docentes están sometidos, no por sólo sus estudiantes, sino por el abandono que es institucional. La vocación sirve para buscar soluciones impensadas, para robarse los materiales de la casa y llevarlos a la sala de clases. También sirve para hacer tripas corazón cuando te das cuenta la soledad del alma que llevan a cuestas niños y niñas de cualquier contexto. Algunos de esos estudiantes buscan olvidar ese abandono con las drogas que puedan comprar. A veces es cara, otras no tanto. Siempre les lleva el alma. 

Pero la vocación no remeda el corazón del profesor, ni repara la angustia de la profesora. No se paga el arriendo, la cuota de la tarjeta o los datos móviles con vocación. Menos se puede pagar una vida que se diluye entre la multitud de zapatillas que arrancan del patio transformado en paredón.

Y en todo este alboroto en esta copia mal hecha de Columbine, no sólo muere de forma poéticamente insensata una profesora que no estaba para ser martirizada y canonizar así el abandono crónico a la educación en Chile. Una vez más resulta indecoroso los laureles póstumos que siempre se les entrega a víctimas a quienes son luego mal llamadas héroes. Los héroes no se mueren, sino que eligen trascender, no caer cambiando todo, para que nada cambie. 

Lo que vemos es el fracaso no sólo escolar, sino humano. La muerte no sólo es física, sino simbólica. Es el holocausto faltante para desatar furias. Y da la casualidad de que el victimario de hoy es el sospechoso de siempre. Y claro. Así debe ser. No puedo ni quiero defender lo indefendible. La violencia escolar dirigida existe y ha llegado a la escuela chilena. Y es que es muy fácil confundir a las personas para que, a su vez, se confunda la violencia escolar con la violencia en la escuela. Se hace fácil juzgar sin entender. Demasiado fácil. Nos acostumbramos a la humana tradición de encontrar un culpable con cara para escupir, y también a la costumbre chilena de odiar a quien está fuera de la norma. Mirar al otro como una amenaza y no como oportunidad también ha sido heredado. Ahí muere la educación como acto de transformación.

En muchas partes, escuelas para hijos de pobres, trabajadores y también para los de la clase acomodada, la educación se transa como un ejercicio de rendición de cuentas, donde dejar aparecer al ser humano que es educado, simplemente no entra en el currículum ni en las expectativas del SIMCE. En las aulas las y los profesores se pierden en la fría mañana donde se vuelven datos y cifras que luego la maquinaria auditará. La oportunidad de enseñar a otro ser humano pierde su sentido ético al exigir réditos y saldo contable. Ahí también se muere la vocación.

Entre las frías salas de clases, de techos altos y muros descuidados, no hay espacio para crear o refugiarse del pirotécnico anochecer del urbano lumpen. Los alumnos deben recitar las viejas recetas que pronto olvidarán en la adolescencia burbujeante de hormonas. Ahí se muere la oportunidad de mirar con esperanza lo que vendrá.

Entonces resulta paradójico sorprenderse que la violencia se manifieste en la forma más horrible posible. Alimentamos con piedras a los niños y esperamos que no las devuelvan con fuerza. El sistema es cruel y engendra crueldad. Y en un escenario así no brota la vida. ¿Cuándo mediremos las escuelas por la alegría de sus estudiantes? ¿La fragilidad importa cuantitativa o cualitativamente?, ¿ Y la medimos con preguntas de opción múltiple?

¿Y si la ternura se desencanta de nosotros, como nosotros lo hicimos con ella? La ternura es la emoción que le da la bienvenida a la vida. Es el acto de asumir el compromiso de cuidar desinteresadamente, de deberse al otro. Pero la ternura no está en el currículum nacional ni en su implementación. La escuela chilena parece más bien el reflejo de la normalización de la violencia estructural que hemos naturalizado. Cuando decimos violencia, hablamos de algo que no tiene cara, cuerpo o emociones. Es como hablar de un fantasma que ronda esos espacios. Y de repente golpea. Y en ello, sólo hay pérdidas que marcan la frágil piel humana. A veces, sin posible cura.

La violencia en la escuela aparece entonces más presente que la ternura. Las huellas de la violencia es el alma de la profesora que no debía morir en el patio del colegio. También está presente en el profundo abandono de su verdugo y su madre cuidadora. La indiferencia es también violencia. La falta de comprensión o de redes de apoyo son violentas barreras que están demasiado presentes en muchos hogares. La falta de diagnóstico oportuno y terapias accesibles y significativas violentan el día a día de muchas infancias y adolescencias.

Limitar la comprensión de la violencia en la escuela a la mera instalación de un detector de armas es una violenta derrota, tan deprimente como simbólica…”, aquí yace la escuela que no supo cuidar”.

Los desafíos en la escuela hoy son vistos como la fábula de la tribu de ciegos que tocan partes de un elefante y describen lo que entienden; el elefante es una columna para quien toca una pata, una pared para el que toca el costado, una espada para quien toca el colmillo o una serpiente para quien encuentra la trompa. Y todos tienen razón, a su modo. Y nadie está en lo correcto. Porque el elefante no es la suma de una pared, columna, serpiente o espada. Es todo eso y más, mucho más. 

Entonces la violencia en la escuela no es un tema de seguridad y leyes estrictas solamente. No es un tema laboral puntual, ni la cultura narco que se instala mientras miramos para el lado. Tampoco es de vándalos terroristas manipulados. Hay ahí un perverso intento de mezclar conceptos para amañar soluciones simplonas que sabemos no van a resultar. No basta con echar de nuevo a los… diferentes (¿?) de la escuela, echar a los autistas, por ejemplo. Debemos mirar lo que somos, identificar la violencia estructural que aceptamos y que debemos erradicar. La desidia también es violencia. El abandono de las infancias hipoteca el convivir.

Cuando era pequeño, mi madre hacía sábanas de sacos de harina para mí. Un recuerdo sensorial es la costura casi perfecta que ella hacía por donde pasaba mi mano para aprender el patrón. Ahora como adulto me doy cuenta que, en esos tiempos, se hacía lo que se podía con los recursos que teníamos (seguramente se sigue haciendo así). Pero también me doy cuenta que es necesario cuestionar porque hay personas que hacen lo que pueden sin recibir apoyo alguno. Eso, absolutamente, es violencia.

Ojalá que el Alvaro esté bien. Espero que mi ausencia, porque la vida nos hizo separarnos, se entienda como eso, la porfiada vida que sigue sin mirar atrás. Espero que sepa que aprendí a cuidar porque en la población también fui cuidado por él y mis vecinos. Porque en el fondo, en los pasajes de tierra y casas autoconstruidas gracias a la fábrica local, la ternura fue posible. De repente podríamos imaginar la escuela también como una población, o comunidad, que entiende que el cuidado permite la vida. Ahora es Simón, un sobrino del Álvaro que sigue viviendo allá, quien cuida la población junto con otros jóvenes. Simón a veces ayuda a que mi padre se pueda parar porque sus piernas ya no responden. Así como los viejos cuidaron de los jóvenes, a veces la tortilla se da vuelta, y las infancias van creciendo con una ética de cuidar. 

No abandonemos nunca a niñas y niños. La vida como acto de resistencia y fuente de ternura está en juego. La canción de los Jaivas resuena en mi mente tan clara como la primera vez que la escuché. Me hace sentir aún que podemos soñar en comunidad, que podemos erradicar las violencias, y porque aprendimos que cuidar es la base del soñar.

Fotografía: Fatih Özer / Ig: @pasmavisi

Juan José Lecaros C.
Fundador y Presidente de Fundación Ítaca para la Inclusión y la Familia |  + posts
  • Profesor de Inglés UMCE
  • Magíster en Enseñanza del Inglés como Idioma Extranjero (TEFL)
  • Magíster en Educación con Mención en Liderazgo Transformacional y Gestión Escolar
  • Diplomado en Estrategias de Inclusión Psicoeducativas para niños con Síndrome Autista y Síndrome de Asperger

Es padre de Juan José (11) y Santiago (7). Profesor de inglés por más de 20 años en todo tipo de contextos. Actualmente profesor universitario y supervisor de prácticas pedagogía en inglés.

Desde su experiencia con el diagnóstico de su hijo menor hace 5 años, decide con su esposa crear un lugar para apoyar a las familias y sus procesos dentro del mundo del Espectro Autista. También ha realizado capacitaciones a profesores en materia de inclusión.

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