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El error de Dios o la institucionalización de la crueldad

Sus ojos están nublados. Dudo que puedan ver entre el torrente de esas emociones que caen convertidas en agua triste desde los espejos de su escondida alma. Sin entenderlo, sin saber cómo, mi hijo siente. Y claro que no es fácil explicar qué pasa cuando su precario repertorio de palabras no permite mostrar a otros lo que su lábil corazón siente. No recuerdo a qué hora comenzó la crisis. Bien pudo haber sido hace 5 minutos o 3 horas. El tiempo fluye en un continuo que no toma en cuenta la pena, rabia, dolor; lo que otros llaman simplemente desregulación autista. Sus ojos mojados rebasan el límite que tiene su mente y su alma para encontrar sentido a la cruda realidad de no entender donde sus pies están pisando. Y yo veo que el terreno que pisa son aguas movedizas, es brasa que quema, o vidrios rotos que se clavan en sus pies al Gólgota hasta pinchar el alma desparramada de mi hijo colibrí. 

Lentamente voy acurrucándolo. A ratos pongo su cuerpo encima del mío, tratando de ser cuna que anide su sentir. A veces estoy buscando un poco de papel para sonarse las penas y botar esa viscosa sustancia que, como un antiguo juguete llamado pegaloco, se adhiere a cuanta impureza pueda tener adentro. En otras, pretendo que mi adultez le dé la tranquilidad. Tiene 11 años, pero su carita aún cae en mis manos. Entonces toco su frente con mi frente, limpio sus lágrimas y busco sus ojos para mentirle y decirle que todo está bien, y que siempre lo voy a cuidar. Debo hacerlo, porque el mundo no está preparado, a pesar de más de un siglo de doctrina social, de amor solidario al prójimo por 27 horas al año, o de samaritano extraviado en la aparente desierta calle que está llena de rucos malolientes que la municipalidad aún no ha podido hacer desaparecer, con todo y moradores. Miento para que sienta seguridad de que voy a estar siempre para acompañarlo a crecer. Y esa mentira es cruel.

Cada derrota es mía. Cada victoria de su pajarito corazón es nuestra. Las alas a veces le permiten aletear y llegar a tocar el sol para traernos esa luz que ilumina los breves espacios que habitamos. En esos momentos (al fin y al cabo, son esos, momentos) la diosa Fortuna me engaña y me susurra coqueta al oído que lo que logramos no se va a perder en la oscuridad de la noche cognitiva y sintiente que no cabe en la neoliberal sociedad limitada del país. En otras ocasiones, la Fiura me tuerce el pescuezo y el alma para mostrarme que poco se ha logrado, y que no importa lo que intentemos, no habrá espacio para él en la crueldad institucionalizada de la grisácea copia del Edén. Y es que, como él, son muchos los ejemplos de la crueldad decretada en bando supremo con fuerza de ley, de variopintos colores y formas, porque lo aceptable debe estar en el marco de las buenas costumbres del manual roñoso de la patria uniforme, donde el aleteo de un colibrí es mal visto por las emperifolladas narices de la verde, azul y gris alcurnia. Si, la crueldad está institucionalizada y se ejerce contra todo aquello que pudo ser… distinto. 

Trato de no encender la tele y mirar los miedos de manipulación masiva de Eduardo. En ellos los niños se transforman en monstruos sedientos de… ¿de qué?, ¿de hacer daño?, ¿de un par de zapatillas caras?, ¿de la loca carrera que siempre los alcanza a muy temprana edad? Nadie se lamenta si un niño hediondo a pasta base, con los ojos rojos de la rabia de su maculado corazón y cuerpo manchado termina los días de lumpen-canción de IA estampado a un poste porque nadie lo atajó cuando aún había tiempo. A veces, como que dan lo mismo. Los descartables en la sociedad del “consume consumiéndonos” la plata, las ganas, y el alma. Cruel destino que se fijó antes de su nacimiento, para que las familias luego pongan esos proletarios altares donde vuelan alto los que nunca desempolvaron sus pies de población o campamento. Y así vamos contando crudezas, de las que compartimos incluso con quienes llegaron desde infiernos latinoamericanos.

Debió haber sido por esos nombres raros que le ponen. No me lo explico de otra manera. De otra forma, no hay cómo justificar la abrumadora tela del silencio cómplice que desconoció sus pesares- Porque los chilenos somos bien caritativos con esos nuevos vecinos de piel oscurita, casi azulosa, que se me cuelan en la fila del CESFAM- me dice con un orgullo- la casera republicanísima mientras esperamos que el casero Julio le pese un kilo de rabadilla de pollo.

Hay un retazo de verdad en ello; si fueran Benjamín, María Trinidad, José Antonio o Pía, otro gallo hubiera cantado. El duelo hubiera sido nacional, con las floristas desollando los pétalos para ponerlos en el camino de las pompas fúnebres. 

Pero no. Se llamaban con esos nombres que desconocemos, de los que se miran feo en el CV cuando buscan trabajo en retail. No eran nombres de estética europea en la estítica y alocada franja de tierra. No eran nombres que pudiéramos relacionar con alguna viña; eran Kervendy, Dangeline, y Joane. Su tez nos hizo recordar lo que quisimos olvidar: nuestro mestizaje afrodescendiente, que nos recuerda el origen colonial compartido.

Cada uno de ellos estuvo entre nosotros. Pero partieron al poco tiempo. No por gusto, sino por indiferencia; porque se podía cruelmente prescindir de ellos. Porque al final no eran de acá. Porque no eran quienes nosotros queremos ser, y nos recordaban el quiltraje que somos en la genética colonizada con fuerza, horror y vino tinto. Nadie tuvo la culpa de nada, se sostuvo.  Así como llegaron, sus voces se olvidaron. No hubo una secuela para su marginal y solitario dolor. Fuimos los extranjeros en la mesa de la solidaridad. Nosotros seguimos en lo nuestro, ellos no pudieron. Creo que ellos quisieron decirnos algo, pero nuestros oídos no quisieron escuchar la traposa versión de nuestra lengua que nos pudo haber dado una pizca de humildad latinoamericana. Los ingleses de Latinoamérica no quisimos comprender porque, en el fondo, no los sentimos como iguales. Casi deberían darnos las gracias por habitar los espacios que les dimos a modo de inquilinaje. No entendieron la hospitalidad de este lugar. Vinieron buscando horizonte y vida para su rasgada humanidad. Y la perdieron bajo el cruel yugo de una justicia no sólo ciega, sino indolente y negligente con las víctimas de la crueldad del medio local. La negrura de su piel fue la causa de haberlos visto como descartables en la pía crueldad de nuestra chilenidad.

También hubo otros que tampoco pudieron hablar. O a lo mejor sí, pero nadie quiso escuchar. Margarita simplemente no aguantó más. Se fue con su Oliver y nada más, ya que nada de esta tierra pudo haber sido reclamado como suyo. No escribió un libro, no plantó un árbol, pero Margarita si tuvo un niño, pero de esos que no actúan normal. Y no hubo crueldad más desoladora que la de quienes le cerraron salas, puertas y oídos para no incluirlos en este baile de máscaras que, como en la muerte roja, iban transformándose solo en eso, máscaras, vacías, sin emoción ni rostro, ni manos que quisieran ayudar. Entonces, parece que no quedó de otra. Tuvo que partir para recién ser vista con el espanto de la ausencia que pudo ser evitada con una pizca de compasión de esa que se nombra el domingo en la mañana, pero que se olvida al mediodía. Otro niño colibrí se fue volando con su madre. Espero que hayan podido encontrar un lugar para anidar, bien lejos de la crueldad institucionalizada de nuestro hogar.

Causas son muchas. Nos miramos con recelo, desde los tiempos donde hablar de más era un viaje en un auto sin patente. Nos acostumbramos a la individualidad porque es más simple y menos compleja que la extraña necedad de estar mirando a los ojos de otra persona para espejar los propios. Ya no existe lo colectivo, porque también los que pudieron haber sido parte de algo ahora lo quieren todo para sí. Y en este viaje planetario a ese planeta desolado que usa descaradamente el nombre del dios de la guerra, el paisaje no es tan extraño, ya que recuerda lo que muchos llevan en el estepario pecho.

Entonces, vuelvo a mirarlo y mi hijo me dice que él es un error de dios. Que le gustan sus amigos, pero que también quiere ser feliz como es. Y no sabe cómo serlo. Me impresiona que su mente colibrí lo lleve a hacer semejante análisis ontológico del ser autista ¿Cómo le digo que no es un error, ni menos de un dios? No puedo sentir la intensidad de su alegría, rabia o pena, pero sí cómo su dolor me rasga un poco más mi cansado corazón. Y también lloro, pero a veces de dolor y otras de rabia, porque mi corazón también es colibrí, pero con alas ya quemadas a estas alturas del partido en cancha ajena.

Entonces la meta de las 27 horas se cumple, y somos los mejores. Y las campañas anuncian que los que negaron y crucificaron al cordero ahora son los buenos, los mejores, los victoriosos en la cueca destartalada de democracia de papel. Y duele. La aspiración de tener más (no de ser más) ciega a tal punto el corazón que la inocencia de las miradas autistas son la sentencia final del que nos recuerda lo pavorosamente imperfectos que somos. 

El dolor de mi hijo es tan profundo porque él sí cree en un dios. Uno que le mostraron que lo ama, que lo cuida y que lo protege. Y por ello sentirse un error de ese dios es mirarse como indigno de recibir un amor incondicional como el que sus padres le dan. Tal vez el único amor de ese tipo que tendrá. Entonces veo mis fallas y mi impotencia de cambiar el mundo para que lo acoja. Y me duele no tener la fe de que todo va a estar bien. Me da rabia aquellos que me piden tranquilidad y serenidad, que son cosas que pasan, que pasan por algo, y que todo va a estar bien, por las formas misteriosas donde se mueve la divinidad. Yo no quiero eso. No quiero un paraíso en otro plano que signifique que mi hijo deba sufrir por haber nacido autista en una sociedad narcisa enamorada del reflejo distorsionado en el agua del Mapocho. Lo quiero feliz, acompañado y pleno ¿acaso no es lo mismo que cualquier padre quiere? ¿o es mucho pedir para su diferencia?

Y todo eso pasa por mi cabeza, por mi pecho apretado y por mi garganta que se anuda cada vez con más frecuencia. Debo apagarme, dejar el discurso incendiario para calmar la angustia de mi hijo. Se que en un rato estará mejor. Se que luego comenzaremos la eterna conversación de su dibujo animado preferido, de sus peluches o de sus respuestas a los problemas desde la fantasía de una simple solución. Y así, desregulado, me quedo yo.

Yo debo seguir sonriendo, pensando en que esta tormenta ya pasó, y hay que amarrarse al mástil de esta barca para que las sirenas no me lleven, o se hunda en la silenciosa profundidad del oscuro mar.

No hijo, no eres un error. No hay nada malo en ti, nada por lo que pedir permiso o perdón, aunque te digan lo contrario. No es tu infinita inocencia el problema, ni tu candidez una falta. Somos nosotros los que no hemos sabido hacer refugio en tierra para cada uno de los nuestros. Es nuestro pecado no saber cuidar sueños y enmendar corazones. Nos vienes a recordar que lo humano es profundamente distinto, pero no por ello inferior. Y si existiera un dios que hubiera pensado que era necesario que estuvieras aquí, serías su obra más grande, porque eres como cualquier niño o niña. Nosotros olvidamos dejar que fueran a ese dios, porque se nos ocurrió clasificarnos por color, tamaño y riquezas. Porque las ovejas dejaron al pastor, para ser señores feudales que ponen tributo a lo que alguna vez fue un gratuito amor. Porque la crueldad de la meritocracia, de la competencia y del último libro plagiado por el rubio ese que nunca ha bajado de su trono son ahora el lienzo del nuevo orden que viene. La crueldad no ama, no cura, solo habla de sí misma, y no cuestiona la razón de estar con otros. Y esa es la institucionalidad que viene.

Ya más tranquilo, para mi hijo es hora de dormir. Mañana otro día y otra batalla. Yo me voy a acostar también, con la cabeza abrumada de lo que viene, con la fe guardada en un bolsillo y la sonrisa externa emulando una esperanza, porque en el fondo su llama se apagó. Y, aun así, seguiré para ti, como cualquier padre o madre que no tiene otra forma de seguir amando lo que nadie puede ver, porque no hay tiempo para escuchar a tu colibrí corazón. 

Juan José Lecaros

Fotografía de Mikhail Nilov

Juan José Lecaros C.
Fundador y Presidente de Fundación Ítaca para la Inclusión y la Familia |  + posts
  • Profesor de Inglés UMCE
  • Magíster en Enseñanza del Inglés como Idioma Extranjero (TEFL)
  • Magíster en Educación con Mención en Liderazgo Transformacional y Gestión Escolar
  • Diplomado en Estrategias de Inclusión Psicoeducativas para niños con Síndrome Autista y Síndrome de Asperger

Es padre de Juan José (11) y Santiago (7). Profesor de inglés por más de 20 años en todo tipo de contextos. Actualmente profesor universitario y supervisor de prácticas pedagogía en inglés.

Desde su experiencia con el diagnóstico de su hijo menor hace 5 años, decide con su esposa crear un lugar para apoyar a las familias y sus procesos dentro del mundo del Espectro Autista. También ha realizado capacitaciones a profesores en materia de inclusión.

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