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La visión panorámica en “Caballos sueltos en la noche”, el nuevo libro de Yayo Riquelme

Recuerdo claramente mi sensación cuando escuché por primera vez el álbum “Heathen” de David Bowie. Una mezcla de nostalgia y pavor, pegada a la certidumbre de una mirada que podía abarcarlo todo, incluso el fin. La angustia apareció de inmediato, porque comprendí que algún día “mi Bowie” dejaría este plano y aunque eso era naturalmente sabido, solamente lo integré hasta ese momento.

La primera lectura de «Caballos sueltos en la noche», de Yayo Riquelme me hizo sentir lo mismo, como si el autor hubiese trepado hasta lo más alto de un monte y desde allí pudiera contemplar el mundo propio y colectivo a la manera de las águilas, con su visión de 340°. Por eso quema, sin reparos, como el sol fulminante de la estepa, adentrarse en sus versos para cruzar la “hora sin esquinas”, donde todo cae hacia el despojo inmisericorde y hasta los ángeles lucen deshuesados.

Y hablando de deshuesar, este es un libro que desgrana minuciosamente la insalubre esencia de nuestro tiempo. Cada prueba, daño y error han sido aquí presentados abiertamente, remarcando la identidad de sus autores, para que no quede duda de lo mal que lo hemos hecho como humanidad. Aunque en el fondo brille, inconfundible, la nostalgia dulce que aún se mece al viento o en el asomo tierno de una niñez que juega amparada de tales desaciertos. 

Leer “Caballos sueltos en la noche” es un viaje con tramos que me cuesta hacer, como avanzar por un sendero tupido y casi sin lumbre, donde solo veo lo que abarcan mis propias pisadas y a cada zanco se revela un nuevo recuerdo del entresueño. Por eso voy dejando marcas en las hojas, con la urgencia de guardar algunas palabras que seguiré diciendo un buen rato, para probar cómo se mueven en el espacio, en qué sentido la luz se posa sobre ellas y proyecta nuevas figuras.

Me equivoco tratando de entender, aquí la contienda nuevamente es desigual y aunque todo vibre en la nocturnidad de una época que tiende al precipicio, hay un mar de día que persiste en el horizonte de todo lo dicho y no dicho aquí. Es el sueño del autor y aunque los sueños pertenecen a dimensiones más sutiles, se pueden sentir a raudales.

A pesar de la pena, la muerte con sus muertos y el hundimiento feroz; desde el manifiesto reiterativo de transitar la existencia sin creer en Dios y avizorando el punto donde la historia termina; la piel de la lluvia, los pastos, la hojarasca, la aurora, los violines incendiados, la luna, el sol, las orfandades, la distancia y las ausencias, la semilla aferrándose a la tierra, todo se siente orgánico de ida y vuelta, una y otra vez. Allí pastan los caballos sueltos en la noche, en una sinfonía perfecta y viva.

Yayo nos ha regalado una obra que sólo puede nacer desde alguien que conociendo los brillos y desventuras de la existencia es capaz de abrir un espacio sin tiempo para auto observarse y así, ofrecernos un espejo donde contemplar con nitidez nuestros aciertos y entrampes. En su hilo conductor desfilan como espíritus o habitantes del camino, los arquetipos de la vida y hay que tener valor para mirarlos a los ojos y saludar, como quien honra la luz y la oscuridad que nos funda como especie.

Celebro la creación de este libro y sé que volveré a él varias veces, como quien mira al pasado para entender los posibles futuros. Me conmueve su honestidad y por sobre todo su poesía, pues a pesar del mundo opresivo que vivimos, donde las decisiones de unos pocos arriesgan la vida de muchos, es abiertamente esperanzador y hasta revolucionario seguir insistiendo en la poesía ¿Qué sería de nosotros y nosotras sin ella?

Agradezco a Yayo, por la generosidad de mostrarnos su visión de águila, a pesar de todo lo que nos invita a ver, es una perspectiva lúcida y despierta, que no se rinde, que pese a la humedad gélida del invierno sabe que volverá el verano, con sus caracoles de fuego sobre los techos.

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Relacionadora pública, escritora, defensora ambiental y directora de Tualdea.cl

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