Corría el mes de octubre de 2015 y con la agrupación Hijos/as y Nietos/as por la Memoria organizamos la exhibición del documental “El botón de nácar” de Patricio Guzmán en Punta Arenas. Habíamos conocido al cineasta, cuando en el proceso de rodaje de esta película visitó Magallanes para extraer testimonios del exterminio indígena en el territorio y unir esas memorias antiguas con las memorias de sobrevivientes de la dictadura.
En ese contexto, fuimos citados previamente por Patricio, para una grabación con ex presos políticos y familiares de hombres que pasaron por el Campo de Concentración de Isla Dawson, entre ellos mi abuelo, Atilio Encina Figueroa y tantos otros, como Eduardo Ojeda Álvarez, padre de mis amigas y hermanas de la vida y el activismo en derechos humanos, Patricia Ojeda Mayorga, Mónica Ojeda Mayorga y Alejandra Ojeda Mayorga, por citar un ejemplo, entre los más de 700 prisioneros que albergó Isla Dawson. Un testimonio visual que quedó cristalizado para siempre:
Fragmento del documental «El botón de nácar»
Pues bien, vuelvo a octubre de 2015, pues quiero destacar un gesto de Patricio Guzmán que nunca olvidaremos. Cuando tomamos contacto con él y le contamos de la iniciativa que estábamos armando, él autorizó la exhibición del documental “El botón de nácar” un día antes de su estreno comercial en Chile. Fue de ese modo que pudimos mostrarlo en el antiguo cine Pavilion de Punta Arenas, el 14 de octubre de 2015, con aforo completo y al día siguiente se comenzó a exhibir en salas de cine de todo el país. Nuestra actividad logró tan alta convocatoria que tuvimos que realizar una nueva jornada de visionado el 21 de octubre de ese mismo año.
Si recuerdo todo esto es para remarcar la sencillez de Patricio Guzmán, quien no demoró en responder a nuestro llamado y facilitó todo para que pudiéramos dar a conocer una película que sentimos tan nuestra. En palabras de Paty Ojeda, fue un “gesto de enorme generosidad” y yo creo que sí, que esa generosidad es parte de la investidura de quienes han comprendido el valor de lo colectivo. Claramente, Patricio sabía de esto, él pertenecía a una estirpe casi extinta.
En lo personal, encontré en su voz autoral un espacio de pertenencia como pocos, pues tenía un modo de ordenar las memorias y repartirlas al mundo en un lenguaje que era capaz de tocar las capas más sensibles de una audiencia. La forma y el fondo de toda su obra es como esos poemas escritos en la tormenta, a los que atracan los barcos y sueltan las velas para siempre. Luego no hay cómo dejar de escuchar esa voz tranquila que resuena hondamente.
Patricio Guzmán dejó este plano el 15 de septiembre de 2026, el mes más memorioso de nuestra historia nacional. La comunidad chilena en Francia realizó el último adiós al cineasta este viernes 25 de septiembre, con un sentido homenaje. Con su partida quedó un vacío tan grande que su eco es eterno. Yo me pregunto ahora ¿Quién contará su historia como él contó la nuestra? ¿Quién heredará su audacia y persistencia? Durante los días posteriores a su deceso hemos asistido a una sinfonía de adioses y palabras de reconocimiento. Esta columna es un poco eso.
Tengo dos recuerdos a los que quiero volver en la memoria. El primero es de una exhibición de la película “El botón de nácar” en el Cine Insomnia (Teatro Condell) de Valparaíso. Allí asistí junto a mi padre, Raúl Guerra Pardo y mi abuelo, Atilio Encina Figueroa, ambos sobrevivientes de la dictadura civil militar en Chile. Vuelvo a sus rostros al final de la función, a ese silencio que grita un montón de palabras. Por eso los abrazo y pretendo contenerlos ahí, para que esta historia duela un poco menos o para que juntos carguemos con el peso de esta herida familiar que de tanto en tanto, quema y mucho.
El segundo recuerdo es de mayo de 2026 en Punta Arenas, junto a mi abuelo, “El Lolo”, vimos “La cordillera de los sueños”. Ahora estoy volviendo al final de la película y escucho a Patricio Guzmán con su voz familiar, pero entonces a mí me parece estar escuchando la voz de un niño cuando dice: “Encontré pequeños fragmentos del universo en la cordillera. Están guardados en algunos museos chilenos. Son los meteoritos, piedras que caen del cielo. Son pequeños pedazos de planetas que vienen de muy lejos. Mi madre me enseñó que cada vez que cae uno, en medio de la noche, se puede pedir un deseo que se cumple cuando uno guarda el secreto, pero yo lo quiero decir: Mi deseo es que Chile recupere su infancia y su alegría”.
Y si, yo comparto ese deseo. Que Chile sane sus heridas y repare todo el daño, para que al fin pueda jugar y soñar en un mundo más claro y digno de vivir.
Relacionadora pública, escritora, defensora ambiental y directora de Tualdea.cl
