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La obstinación de la memoria

Hay sociedades que guardan su historia en monumentos. Otras la guardan en sus libros, en sus archivos, en los nombres de sus calles. Chile también la guarda en sus silencios. Y hay hombres que dedicaron su vida a buscar esos silencios. Patricio Guzmán fue uno de ellos.

Durante años caminó detrás de una cámara, como quien sabe que el tiempo es un puma andino que corre demasiado rápido y que, si nadie lo detiene, termina llevando consigo los rostros, las voces, las calles, las conversaciones y hasta la manera en que un país soñaba.

Guzmán filmó cuando Chile todavía no sabía que estaba a punto de quebrarse.

Filmó concentraciones; trabajadores y estudiantes; campesinos y mujeres; multitudes que discutían apasionadamente en las calles; las banderitas y marchas; las fábricas y sus obreros; madres y ollas vacías; esperanzas y sueños. También los miedos. Filmó una sociedad viva y después llegó septiembre.

Llegó la noche larga en la que muchas palabras dejaron de pronunciarse y muchos nombres comenzaron a decirse en voz baja, muchos recuerdos no fueron fotografiados y filmados. Dejamos de ver a familiares, amigos y amigas, compañeros y compañeras, seres humanos valiosos que fueron arrebatados y ya no estuvieron más. 

Algunos tuvieron que esconder sus libros. Otros quemaron fotografías. Algunos abandonaron el país con una maleta pequeña y una dirección escrita en un papel. Muchos y muchas se quedaron y otros nunca regresaron. En medio de aquella grieta, Guzmán hizo algo aparentemente sencillo y, sin embargo, profundamente peligroso: guardó imágenes.

Guardó la memoria de un país antes de que intentaran convencerlo de que esa parte de su historia nunca había existido. Su cámara se convirtió entonces en el hilo de Ariadna que nos permitió como sociedad atravesar el laberinto y volver sobre nuestra porfiada memoria.

No podía detener la violencia. No podía devolver a los muertos. No podía abrir las puertas de las cárceles. No podía reunir a las familias separadas por el exilio, pero podía recordar. Y a veces recordar es lo único que queda cuando todo lo demás ha sido destruido.

Pasaron los años. 

La dictadura terminó.

Chile volvió a votar.

Las plazas volvieron a llenarse.

Los partidos regresaron.

Las universidades recuperaron sus voces, pero los dolores no desaparecieron porque avanzara el calendario.

Patricio Guzmán murió este 15 de septiembre de 2026, pero su cámara sigue hablando. Y quizás pocas veces su obra había resultado tan necesaria para Chile como hoy, cuando el país vuelve a discutir qué lugar ocupa la memoria en nuestra democracia.

Guzmán dedicó buena parte de su vida a registrar, reconstruir y preguntar por aquello que Chile intentó olvidar. Su obra nació de la experiencia de quien estuvo allí. Filmó la efervescencia de la Unidad Popular, registró las calles, adherentes y opositores, organizaciones sociales y las contradicciones de una sociedad profundamente politizada. Después del golpe de Estado fue detenido en el Estadio Nacional y debió partir al exilio. Desde fuera de Chile continuó trabajando con las imágenes que había logrado salvar.

Así nació La batalla de Chile, obra que hoy forma parte del patrimonio documental del país y que permite mirar una sociedad que fue brutalmente fracturada. Con su obra nos acercamos a ese Chile perdido, censurado, no registrado ese país que quisieron borrar partiendo por sus protagonistas.

Aquí es donde Guzmán cumplió una función extraordinaria: conservar aquello que podía desaparecer. Por eso su muerte coincide con una discusión que Chile no puede eludir.

El Presidente Kast decidió que su gobierno no realizaría un acto oficial por el 11 de septiembre y luego no hubo acto oficial que acompañara su partida, salvo las frías condolencias digitales. El propio presidente sostuvo que las fechas históricas no deben olvidarse, pero confirmó que La Moneda no organizaría una conmemoración institucional y que mantendría su agenda habitual como si aquellos acontecimientos nunca hubiesen existido.

La política también comunica mediante sus silencios. Y cuando se trata de un acontecimiento que quebró la democracia chilena, que dio paso a una dictadura y que dejó miles de víctimas de prisión política, tortura, ejecución, desaparición forzada y exilio, el silencio institucional no es políticamente neutro.

Hay heridas que permanecen como estigmas en la piel de los países. En La memoria obstinada, Guzmán regresó a Chile para reencontrarse con personas que habían participado en La batalla de Chile. Décadas después, la memoria seguía allí. No intacta, no uniforme, pero viva.

Quizás esa sea la palabra que mejor define su obra: obstinación.

La obstinación de quien continúa preguntando.

La obstinación de una familia que sigue buscando.

La obstinación de un sobreviviente que cuenta.

La obstinación de una sociedad que se niega a aceptar que el silencio sea la última palabra.

Hoy, cuando algunos sectores de ultra derecha y derecha cuestionan el sentido de las políticas de memoria y cuando el gobierno afín a este pensamiento optó por no realizar una conmemoración oficial del golpe cívico-militar, recordar a Patricio Guzmán es también recordar que la memoria es una responsabilidad del presente.

Fotografía por Alejandra Guzmán

Carolina Guzmán Navarro
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Profesora y magíster en Educación.
Se ha desempeñado en distintos ámbitos de la gestión educativa, el liderazgo pedagógico y el diseño e implementación de iniciativas para el fortalecimiento de la educación pública. Su experiencia incluye funciones en establecimientos educacionales y en el sistema público de educación, con especial interés en políticas educativas, desarrollo docente, convivencia escolar y gestión institucional. En sus columnas aborda temas vinculados a educación, sociedad y políticas públicas, promoviendo una reflexión basada en la experiencia profesional y el compromiso con el debate público.

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