Hace mucho que una idea se apoya en la pesadumbre inexorable de los domingos por la noche, cuando todo parece amontonarse como una obra barroca. La realidad me abruma en esas horas, hasta sentir que me falta el aire y tengo que salir, aunque sea a dar una vuelta a la manzana, para evitar la muerte anunciada de otro lunes.
Si me preguntas desde cuándo sucede este fenómeno, no puedo precisar la fecha, ergo: se podría decir que desde siempre…o desde niña, cuando al igual que tantas otras chicas justo a horas de finalizar el fin de semana, recordaba una tarea monumental que debía resolver al instante, porque de lo contrario sería clasificada como ineficiente.
En ese borde, debo confesar que muchas veces opté por el camino más “sencillo”, no ir…, como si en verdad eso hubiese importado un poco a alguien. Quizá a la vecina, que me vio entrar por la ventana varias veces, tras haber recorrido el simulacro de dirigirme al colegio y retornar un tanto avergonzada.
No asistir en esos casos fue mi victoria personal, “dejarlos esperando” como en un poema sin fin, así creí que podría sobrevivir, lo que era igual a cuidar ese jardín interno que me recordó siempre quien soy, de dónde vengo y hacia qué dirección decido caminar.
Con muchos domingos en la espalda, hoy declaro que he muerto dos mil ochocientas tres veces, una cifra inimaginable, para pensar en la vida, pasión y ocaso de una semana, sobre todo si consideramos que hay tramos de existencia que lucen desteñidos.
Aquí aflora un pensamiento que ojalá no fuera mágico: imagino un mundo donde las personas dedican tiempo y energía a construir una sociedad más amable. Es posible y me lo repito como un mantra. Sí que es posible. Es posible erradicar lo punitivo y asfixiante de un sistema que prioriza la productividad por sobre la ternura.
Nada tiene de natural reproducir la película de cada jornada haciendo madrugar a los hijos y las hijas, para que asistan a un lugar que les prepara para silenciar su estado más puro y salvaje, mientras nos sumergimos en la vorágine del utilitarismo, moviendo cada pieza del engranaje que rara vez nos regala una caricia.
Sería tremendo, incluso extraordinario despertar el lunes en una realidad paralela y tener asegurado el tícket de la alegría, sin tener que cruzar ese infierno del esfuerzo que nos hace “merecer” todo aquello digno de ser garantizado. Lo esencial no se puede comprar y si no, díganme en qué supermercado se disponen los momentos de plenitud, los envases repletos de dopamina y las risas contagiosas. Imaginemos un lugar con ferias donde la gente se acuerde de lo maravilloso que es tocar el mundo de los otros con suavidad y donde existen escuelas que enseñan la geografía de los abrazos.
Estamos tan sumidos en la hipnosis de la competitividad y del exitismo que nos olvidamos de los aspectos que nos definen como seres humanos. Nos han inoculado el virus del miedo, por eso atravesamos los días corriendo sin detenernos a sentir o conectar con la naturaleza y los demás. Don Nicanor Parra lo advirtió hace décadas: “El error consistió en creer que la tierra era nuestra, aunque la verdad de las cosas es que nosotros somos de la tierra”.
Esta última semana llegué a un puerto de claridad y comprendí por qué me resonaban tanto esas líneas en la canción de Sui Generis: “Solamente muero los domingos y los lunes ya me siento bien”. Era mi sentido de supervivencia levantando banderas rojas. Era quizá un conocimiento traspasado desde mi línea genealógica invitándome a resistir, a cuestionar todo aquello que pone cerco a nuestra libertad más profunda.
Mi pasión por la memoria, el sentido de justicia y equilibrio han sido pilares incluso en las horas más ingratas. Por eso me conmueve la belleza de las ruinas, porque incluso en su abandono hay semillas que se nutren del pasado para manifestarse en el presente. Es cosa de ver el musgo creciendo en las grietas de los muros olvidados, no hay quien le pueda detener. Por eso hoy recuerdo a la niña que escapaba de los lunes para no morir y reivindico su osadía, porque finalmente lo logró y hoy crece como enredadera.
Fotografía: Sami Aksu – Ig: @samiaksu7
Relacionadora pública, escritora, defensora ambiental y directora de Tualdea.cl
