Vivir el invierno en el mal denominado “fin del mundo” no es fácil para mí, el frío cala la piel, la carne, los huesos y el espíritu. Aquí la oscura y gélida noche dura 17 largas horas, el viento rompe mis pómulos y en ocasiones mis sueños, la escarcha congela mis pensamientos y el clima me invita a resguardarme constantemente.
Sin embargo, la estación también me presentó los cielos más dramáticos y emocionantes que he acariciado en mi vida, aquí todos los días el sol renace por el mar tiñendo el horizonte de tonalidades inimaginables, aquí he desarrollado mi creatividad y he emprendido un largo viaje en busca de mi sanación.
Aquí en el “comienzo del mundo” o al menos del mío.

Akin Barría Guerra
Fotógrafo y estudiante de diseño gráfico.