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Tiempos de esdrújulas: La brújula Violética 

Desde púlpitos técnicos dignísimos hablan del crepúsculo prístino y económico de la república y de América; pero en las cocinas el pan continúa mínimo, el salario anémico, la organización social famélica y la esperanza raquítica. Desde los balcones del kastismo se predica una libertad mercadística, privatística y financierística, donde cada derecho se reduce a cálculo y cada comunidad a estadística.  Nos ofrecen una patria eficientísima, administrada con fórmulas dogmáticas y algorítmicas, mientras el frívolo mercado, elevado a catecismo académico tecnócrata, bendice la desigualdad como si fuese mérito y convierte la solidaridad en una palabra jurásica. Quizá el verdadero problema no sea la escasez de recursos, sino el exceso de una fe ultralibérica, tan convencida de sí misma que termina confundiendo el precio con el valor, la competencia con la dignidad y el éxito individual con el destino de un país entero.

En los vaivenes del tiempo hay momentos en que los diagnósticos técnicos, los discursos solemnes o las columnas de opinión se vuelven insuficientes para nombrar lo que ocurre en la vida de un país. Cuando eso pasa, el lenguaje se quiebra y busca otra salida.

Quizá sea por eso que hoy volvemos a vivir tiempos de esdrújulas. Tiempos donde el idioma comienza a tropezar porque las palabras de siempre ya no alcanzan para nombrar la realidad. Cuando se llama libertad al privilegio, eficiencia al abandono y modernización al desmantelamiento de lo común, el lenguaje deja de describir el país y empieza a administrarlo. Entonces la poesía recupera una tarea antigua: torcer las palabras para enderezar el sentido. Eso hizo Violeta Parra cuando escribió Mazúrquica Modérnica. No deformó el castellano por extravagancia; lo hizo porque había comprendido que una sociedad deformada necesitaba un idioma capaz de revelar aquello que el discurso oficial prefería ocultar.

Cuán vigente se escucha no solo con sus canciones que son muchos más que un ejercicio de estilos diversos carentes de contextos. Es una intervención-revolución en el lenguaje. Violeta se arropa con la tradición popular y la empuja hasta un borde incómodo, donde la ironía y la belleza conviven sin pedir permiso. Lo que parece desorden es, en realidad, una forma precisa de organización: una arquitectura donde cada quiebre del lenguaje tiene una intención, y cada transformación abre un sentido.

La cultura popular, lejos de ser espontaneidad pura, es una construcción paciente y constante. La improvisación existe porque hay memoria; la libertad del canto se sostiene en reglas que no siempre se ven, pero que permiten que la palabra se mantenga en pie. En ese equilibrio entre forma y desborde, la música y el verso se intrincan hasta volverse una sola respiración.

Por eso esta obra sigue interpelando. No porque pertenezca a un momento cerrado del pasado, sino porque nombra y evoca una constante: la facilidad con que las sociedades aprenden a disfrazar sus tensiones con palabras nuevas, a suavizar sus contradicciones con discursos ordenados, a llamar progreso a lo que a veces es sólo repetición.

Es en ese punto donde el lenguaje se vuelve decisivo. Cuando las palabras dejan de incomodar, cuando pierden su capacidad de tensión, algo se empobrece en la forma en que entendemos el mundo. Y es ahí donde la escritura de Violeta irrumpe: no para embellecer la realidad, sino para desacomodarla.

Las esdrújulas, en ese sentido, no son un juego. Son una alteración del ritmo esperado, una pequeña desobediencia fonética que obliga a detenerse. El acento desplazado interrumpe la inercia de la lectura y devuelve al lenguaje su extrañeza original. Es un gesto mínimo, pero suficiente para recordar que las palabras no son neutras ni antojadizas, son herramientas para cuestionar la realidad, cuando el lenguaje deja de nombrar la realidad para administrarla, la poesía tiene el deber de torcerlo. Allí radica su dimensión política más profunda: devolverles a las palabras la capacidad de incomodar, revelar y transformar.

Carolina Guzmán Navarro
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Profesora y magíster en Educación.
Se ha desempeñado en distintos ámbitos de la gestión educativa, el liderazgo pedagógico y el diseño e implementación de iniciativas para el fortalecimiento de la educación pública. Su experiencia incluye funciones en establecimientos educacionales y en el sistema público de educación, con especial interés en políticas educativas, desarrollo docente, convivencia escolar y gestión institucional. En sus columnas aborda temas vinculados a educación, sociedad y políticas públicas, promoviendo una reflexión basada en la experiencia profesional y el compromiso con el debate público.

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